domingo, 1 de abril de 2018

Recibe, celebra y transmite la fe


De acuerdo, con las sagradas escrituras; la fe “es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Hebreos 11:1).
Nuestra fe viene de Jesús, quien tenía una fe infinita en Dios y sobre todo, fe en sí mismo. La fe es la piedra angular de nuestras vidas, a través de ella entramos en contacto con ese poder infinito que nos une a Dios. De tal manera, que no debemos conformarnos con recibirla, tenemos que ir más allá, celebrarla y transmitirla.
¿Cuándo recibimos la fe?
Una manera de recibirla es de primera mano de nuestros padres, quienes deberían, no solo enseñarnos a orar, sino también a tener fe en Dios como ser supremo del universo. Y desde el punto de vista de la iglesia, recibimos nuestra fe, a través del bautismo, siendo el primer sacramento del cristianismo, el cual representa el signo sagrado de pertenencia de la iglesia.
“El bautismo nos salva, no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios por la resurrección de Jesucristo.” (1 Pedro 3:21).
Para los cristianos, el bautismo representa un cambio significativo en nuestra interioridad. Y nos convierte en nuevas personas en Cristo.
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas. (2 Corintios 5:17).
Al ser bautizados, estamos siguiendo el ejemplo, que nos ha dado Jesús, quien fue bautizado en aguas del río del Jordán, de manos de Juan Bautista; así, lo podemos leer en el libro de Mateo 3:13-17: Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan Bautista para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: “Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!”. Pero Jesús le respondió: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo”. Y Juan Bautista se lo permitió. Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua, en ese momento se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predicción”.
¿Cuándo celebramos nuestra fe?
Celebrar la fe, es mostrar nuestra alegría y regocijo porque hemos sido escogidos por Dios para gozar de la gracia de la fe; lo que significa que fuimos salvados y además somos seres amados por Jesucristo.
Al honrar a Dios con nuestras alabanzas, estamos celebrando nuestra fe. “Bendice alma mía al Señor, ¡Dios mío, qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad.” (Salmo 104:1).
Celebramos nuestra fe, al agradecer. Que el espíritu del gozo, ilumina toda nuestra existencia, convirtiéndose en la alegría de nuestras almas, alegría que es nuestra, porque el espíritu de Dios es vida, amor y conocimiento. Por eso celebramos la fe a través de nuestra sonrisa, cantos y alabanzas a Dios, nuestro Señor. “Cantad alegres al Señor, toda la tierra. Levantad la voz, aplaudid y cantad salmos.” (Salmo 98:4).
Celebrar la fe, es celebrar la vida, porque la vida es divina, y Dios es nuestra fuente de vida. Es celebrar y darle gracias al Señor, por ese don de vida que nos ha concedido.
Sin importar la edad que tengamos, cada día representa una oportunidad que Dios nos ofrece para renacer a una vida llena de fe, esperanza y amor. No necesariamente, tenemos que esperar nuestro cumpleaños, para celebrar la vida, nuestras vidas siempre están colmadas de bendiciones, por lo que cada día debemos dar gracias a Dios, por la vida. “El Señor te guarda del mal, él guarda tu vida.” (Salmo 121:7).
¿Cuándo transmitimos nuestra fe?
El mejor legado que podemos dejarle a nuestros hijos, es el de la fe.
“Pero ten cuidado y guárdate bien de olvidarte que estas cosas que tus ojos han visto, ni dejen que se aparten de tu corazón en todos los días de tu vida; enséñaselas a tus hijos y a los hijos de tus hijos.” (Deuteronomio 4:9).
Pero ese legado debe ir más allá de nuestros hijos, al hacerlo extensivo a familiares, amigos y relacionados.
Transmitimos nuestra fe, cuando oramos y enseñamos a orar, al promover acciones de buena voluntad y cuando educamos inculcando los valores del evangelio. “¡La gracia del Señor Jesús, sea con vosotros!” (1 Corintios 16:23).
A través del amor también podemos transmitir nuestra fe. Siguiendo el ejemplo de Jesús que amó a todas las personas y supo expresar ese amor reconociéndolas como hijos de Dios, mirándolos por encima de sus apariencias físicas y personales; a todos abrazaba con amor y compasión. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” (1 Juan 4:19).
De tal manera, que nosotros también podemos amar a nuestros familiares, amigos y a nuestro prójimo; y al expresar ese amor hacia Dios, también estamos transmitiendo nuestra fe.
Al cuidar de otros, expresamos el amor de Dios; ese cuidado implica poner de manifiesto nuestra compasión, apoyo y ternura hacia aquellos que lo necesitan. “La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es por tanto, la ley en su plenitud.” (Romanos 13:10).
Nuestro ejemplo, representa una forma de transmitir la fe que profesamos. Jesucristo, enseñó no solamente con sus palabras sino también por ser un ejemplo viviente. “Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.” (Juan 13:15).
Al seguir el ejemplo de Jesucristo, estamos viviendo una vida llena de espiritualidad, la cual debe seguir a su vez de ejemplo para nuestros semejantes, evitando de impresionarlos, sino más bien mostrándole como Dios obra en nosotros de manera sencilla y humilde.
Los invito a seguir el ejemplo de Jesús, comportándonos como personas compasivas y amorosas en toda circunstancia; no permitiendo que los inconvenientes y molestias del día sean unos obstáculos para mantener nuestra calma y consideración.