miércoles, 18 de julio de 2018

El Viaje Espiritual, viajar cerca de Dios



 
El pasado sábado 14 de julio, en una ceremonia muy íntima y rodeado de gente muy querida; presenté y bauticé mi obra número 14, titulada “El Viaje Espiritual, viajar cerca de Dios”; la cual escribo inspirado en la vida misma, la que percibo como un viaje y en donde propongo hacerlo cerca de Dios,  sugiriendo alguna acciones para que ese viaje sea felizmente cerca de Él.
La ceremonia se realizó bajo la conducción de una persona  la cual amo profundamente, mi sobrina Isabel Castro Valera y contó con la participación muy acertada de mi vieja amiga Mariné Cabello Bello, madrina de la obra.
Para esta oportunidad, dedique mi obra a Don Ofelio Mendoza, al que considero como un padre y a quien agradezco su afecto y cariño; y las muchas vivencias compartidas durante largos años. Igualmente  hago una dedicatoria especial a mi amiga Gladys Josefina Sánchez Ortega, quien regresó a la Casa del Señor a principios de este año, y a la cual me unía una gran amistad, siendo una de las personas que me motivó a iniciarme en el mundo de la escritura, el cual estoy transitando desde el año 2001. Gladys, escribió el prólogo de mi primera obra “El Proyecto de Investigación y su esquema de elaboración”, publicado el 21 de mayo de 2001.
Como digo al principio del presente artículo, fue una ceremonia muy íntima, rodeado de gente muy querida, es por eso que  doy gracias a Dios, por todas las personas en mi vida. Mi deseo es de ser siempre una bendición para ellas al mismo tiempo que ellas son una bendición para mí.
Lamentablemente, en esta oportunidad, mi hijo, mi nuera y mis nietos no pudieron acompañarme, sin embargo la maestra de ceremonia muy gentilmente leyó el escrito que hicieron ellos para la contraportada del libro y que quiero compartir con ustedes:
Cada ser humano en lo más interior de él se pregunta si el viaje al encuentro con Dios es lo que realmente se quiere, la verdad es que nos sentimos en el fondo de nosotros mismos temerosos de llegar a ese momento.; sin embargo siempre en nuestro andar encontramos personas indicadas como nuestro autor del libro el amigo Fernando Castro que nos llena de luz, fe, esperanza y amor a Dios con su vocación y espiritualidad; es instrumento y guía  para otras personas ya que transmite con humildad sabias palabras de aliento, paz, amor, fe, luz y nos lleva a romper paradigmas creer en lo espiritual aún más si vas acompañado del Padre Celestial.
Es importante destacar que para fortalecer el camino de la fe hay que emprender el viaje hacia Dios a través de la oración y buenas acciones que conlleven a la felicidad interior de cada ser humano.
Lo invitamos a emprender ese viaje espiritual a través de la lectura de la presente obra, escrita por nuestro padre Fernando Castro Márquez.
Eva Aguilera de Castro
Luis Fernando Castro Saavedra

No puedo de dejar de sentir una inmensa frustración, al no poder publicar esta obra de manera impresa; pero debido a la situación país que estamos viviendo, y como editor-productor, se me hace imposible obtener los recursos necesarios para una publicación impresa, como le gusta a la mayoría de mis lectores. De tal manera que no me quedó otra opción, que publicarla en formato digital CD Room.

Finalmente, quiero agradecer al Lic. Nelson Garmendia, por su excelente trabajo como corrector de estilo y contenido de la obra, al Lic. Franklin Mendoza por el diseño y diagramación del libro, así como la producción del CD y al amigo Carlos César Peña Hernández por el diseño de la portada del CD y de las invitaciones para la ceremonia. Gracias a todos por su valorada y apreciada colaboración, sobre todo  colaboración que ha sido de manera incondicional. Gracias, gracias, gracias.



viernes, 8 de junio de 2018

La Cruz del Perdón



La Cruz, representa el símbolo religioso más universal. Destacando su importancia al valor que representa en cuanto al amor, la fe y la fidelidad. Para los cristianos es una representación del madero dónde fue crucificado nuestro Señor Jesucristo a cambio de nuestra salvación.
“El mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados”. (1 Pedro 2:24).
La Cruz del Perdón, es una pequeña capilla, en cuyo interior se encuentra la cruz original del perdón, la cual fue colocada inicialmente en el año 1905 a las riberas del río Orinoco, en unas piedras, por un grupo de ciudadanos bolivarenses; en agradecimiento por haber retornada salvos e ilesos de la batalla liberada en las adyacencias del poblado conocido hoy día como Moitaco, perteneciente al municipio Sucre del estado Bolívar, a unos 90 kilómetros de Ciudad Bolívar, capital del estado. Siendo este acontecimiento, como el primer milagro de la Cruz del perdón.
La capilla del Perdón, fue declarada por el Instituto de Patrimonio Cultural, el 20 de septiembre de 2003; como bien de interés cultural, por lo que es considerada como un emblema cultural e histórico. Al mismo tiempo de ser reconocida por su historia de fe y milagros concedidos.
Su festividad se celebra el 3 de mayo, día de la cruz de mayo; la cual tiene una tradición de más de 100 años.
El milagro a Luisa Márquez de Castro
Hacia el año 1952, Simón el hijo de Luisa,  siendo un niño de 8 años padecía una terrible enfermedad mental-emocional y sin habla; luego de dieciocho largos meses de padecimiento, fue desahuciado por los médicos, uno de ellos le dijo “solo un milagro podría curarlo”. Es así, como Luisa, como mujer católica y con una profunda fe, consideró las palabras del médico y se dirigió al lugar donde estaba la Cruz del Perdón y le imploró que le hiciera el milagro de la recuperación de su hijo Simón. Prometiéndole, mandar a hacer una Cruz para tenerla en su hogar, vestirla y hacerle su rosario todos los 3 de mayo. A  los pocos meses, la Cruz del Perdón le concedió el milagro; su hijo Simón hacía un viaje al campo con su padre Simón, y de repente de forma milagrosa en el trayecto se cruzó un ave, la cual identificó y llamó por su nombre, para sorpresa de su padre y desde ese día Simón el hijo de Luisa sanó completamente. Luisa cumplió su promesa y todos los años de su vida, vestía y celebraba el velorio a la Cruz. En el año 1977, fallece Luisa, sin embargo su hijo Simón y su esposa Alicia, siguen cumpliendo con la promesa de su señora madre. Vistiendo la misma Cruz y rezando su rosario cada 3 de mayo.
“Jesús, que lo oyó, le dijo:”. (Lucas 8:50).

miércoles, 2 de mayo de 2018

Maledicencia



La maledicencia es la acción que emprende una persona, con la finalidad de perjudicar a otra, a través de su crítica de manera irónica e injuriosa.
Este tipo de persona siente placer al difamar a otras personas con sus murmuraciones; sin medir las consecuencias y el daño que puede ocasionar, no solo a la persona que blasfemia, sino también a su entorno familiar y social.
La maledicencia, puede ser producto del odio hacia otra persona, enemistad o simplemente envidia.
La blasfemia, es considerada, como una ofensa a Dios. Es atentar contra la religión a través de la cual rendimos tributo y honor a Dios, como principio y fin de nuestra existencia.
La maledicencia no es propio de personas cristianas, un buen cristiano en cumplimiento de la palabra de Dios no debería difamar a sus semejantes: “No andes difamando entre los tuyos; no demandes contra la vida de tu prójimo. Yo Yahvé”. (Levítico 19:16). Y ese es el mandato que Dios nos da.
Nuestras palabras son fundamentales en todo proceso de comunicación, el buen uso de ellas puede ser reconfortante para nuestros interlocutores, pero el mal uso de ellas pueden ser tan dañinas como el arma de un delincuente, pueden causar dolor, impotencia y desconsuelo en otras personas: “No salga de vuestra boca palabra dañosa sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen”. (Efesios 4:29).
Tenemos que ser cuidadosos con nuestras palabras y sobre todo procurar ser humildes y ajustarnos a la verdad al hablar, que nuestra lengua no sea dañina: “Guarda del mal tu lengua, tus labios de la mentira”. (Salmo 34:14).
La palabra debe ser para bien y no para mal, porque la palabra viene de Dios; la palabra es Dios. San Juan inicia su evangelio: “En el principio la palabra existía y la palabra estaba en Dios, y la palabra era Dios”. (Juan 1:1).
De tal manera, que la persona que se dedica a la maledicencia, puede ser considerada como una persona perversa y dañina; capaz de romper vínculos familiares y de amistad; sin ningún tipo de dignidad, simplemente porque la maldad es su límite: “El hombre perverso provoca peleas, el deslenguado divide a los amigos”. (Proverbios 16:28).
No permitamos que este tipo de persona nos aleje de nuestros amigos y de nuestras familias. Mantengámonos a distancia y bien lejos de estas personas perversas y chismosas. Porque ellas no saben lo que es el amor al prójimo y mucho menos el menor respeto hacia sus semejantes. Disfrutan de su maldad y se alegran de los daños que ocasionan.
Nuestro deber como fieles cristianos, es evitar ese mal llamado blasfemia, que es todo lo contrario a la alabanza de Dios. Por lo que es importante tener presente su mandato: “Que no injurien a nadie, que no sean pendencieros sino apacibles, mostrando una perfecta mansedumbre con todos los hombres”. (Tito 3:2).



domingo, 1 de abril de 2018

Recibe, celebra y transmite la fe


De acuerdo, con las sagradas escrituras; la fe “es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (Hebreos 11:1).
Nuestra fe viene de Jesús, quien tenía una fe infinita en Dios y sobre todo, fe en sí mismo. La fe es la piedra angular de nuestras vidas, a través de ella entramos en contacto con ese poder infinito que nos une a Dios. De tal manera, que no debemos conformarnos con recibirla, tenemos que ir más allá, celebrarla y transmitirla.
¿Cuándo recibimos la fe?
Una manera de recibirla es de primera mano de nuestros padres, quienes deberían, no solo enseñarnos a orar, sino también a tener fe en Dios como ser supremo del universo. Y desde el punto de vista de la iglesia, recibimos nuestra fe, a través del bautismo, siendo el primer sacramento del cristianismo, el cual representa el signo sagrado de pertenencia de la iglesia.
“El bautismo nos salva, no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios por la resurrección de Jesucristo.” (1 Pedro 3:21).
Para los cristianos, el bautismo representa un cambio significativo en nuestra interioridad. Y nos convierte en nuevas personas en Cristo.
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas. (2 Corintios 5:17).
Al ser bautizados, estamos siguiendo el ejemplo, que nos ha dado Jesús, quien fue bautizado en aguas del río del Jordán, de manos de Juan Bautista; así, lo podemos leer en el libro de Mateo 3:13-17: Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan Bautista para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: “Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!”. Pero Jesús le respondió: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo”. Y Juan Bautista se lo permitió. Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua, en ese momento se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predicción”.
¿Cuándo celebramos nuestra fe?
Celebrar la fe, es mostrar nuestra alegría y regocijo porque hemos sido escogidos por Dios para gozar de la gracia de la fe; lo que significa que fuimos salvados y además somos seres amados por Jesucristo.
Al honrar a Dios con nuestras alabanzas, estamos celebrando nuestra fe. “Bendice alma mía al Señor, ¡Dios mío, qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad.” (Salmo 104:1).
Celebramos nuestra fe, al agradecer. Que el espíritu del gozo, ilumina toda nuestra existencia, convirtiéndose en la alegría de nuestras almas, alegría que es nuestra, porque el espíritu de Dios es vida, amor y conocimiento. Por eso celebramos la fe a través de nuestra sonrisa, cantos y alabanzas a Dios, nuestro Señor. “Cantad alegres al Señor, toda la tierra. Levantad la voz, aplaudid y cantad salmos.” (Salmo 98:4).
Celebrar la fe, es celebrar la vida, porque la vida es divina, y Dios es nuestra fuente de vida. Es celebrar y darle gracias al Señor, por ese don de vida que nos ha concedido.
Sin importar la edad que tengamos, cada día representa una oportunidad que Dios nos ofrece para renacer a una vida llena de fe, esperanza y amor. No necesariamente, tenemos que esperar nuestro cumpleaños, para celebrar la vida, nuestras vidas siempre están colmadas de bendiciones, por lo que cada día debemos dar gracias a Dios, por la vida. “El Señor te guarda del mal, él guarda tu vida.” (Salmo 121:7).
¿Cuándo transmitimos nuestra fe?
El mejor legado que podemos dejarle a nuestros hijos, es el de la fe.
“Pero ten cuidado y guárdate bien de olvidarte que estas cosas que tus ojos han visto, ni dejen que se aparten de tu corazón en todos los días de tu vida; enséñaselas a tus hijos y a los hijos de tus hijos.” (Deuteronomio 4:9).
Pero ese legado debe ir más allá de nuestros hijos, al hacerlo extensivo a familiares, amigos y relacionados.
Transmitimos nuestra fe, cuando oramos y enseñamos a orar, al promover acciones de buena voluntad y cuando educamos inculcando los valores del evangelio. “¡La gracia del Señor Jesús, sea con vosotros!” (1 Corintios 16:23).
A través del amor también podemos transmitir nuestra fe. Siguiendo el ejemplo de Jesús que amó a todas las personas y supo expresar ese amor reconociéndolas como hijos de Dios, mirándolos por encima de sus apariencias físicas y personales; a todos abrazaba con amor y compasión. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” (1 Juan 4:19).
De tal manera, que nosotros también podemos amar a nuestros familiares, amigos y a nuestro prójimo; y al expresar ese amor hacia Dios, también estamos transmitiendo nuestra fe.
Al cuidar de otros, expresamos el amor de Dios; ese cuidado implica poner de manifiesto nuestra compasión, apoyo y ternura hacia aquellos que lo necesitan. “La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es por tanto, la ley en su plenitud.” (Romanos 13:10).
Nuestro ejemplo, representa una forma de transmitir la fe que profesamos. Jesucristo, enseñó no solamente con sus palabras sino también por ser un ejemplo viviente. “Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.” (Juan 13:15).
Al seguir el ejemplo de Jesucristo, estamos viviendo una vida llena de espiritualidad, la cual debe seguir a su vez de ejemplo para nuestros semejantes, evitando de impresionarlos, sino más bien mostrándole como Dios obra en nosotros de manera sencilla y humilde.
Los invito a seguir el ejemplo de Jesús, comportándonos como personas compasivas y amorosas en toda circunstancia; no permitiendo que los inconvenientes y molestias del día sean unos obstáculos para mantener nuestra calma y consideración.